En la madrugada inerte,
cuando nadie ya transitaba,
se acercó a la fuente
y su única moneda
en ella arrojaba.
Deseó un hechizo
sobre sus vestiduras,
andrajosas y desteñidas,
de heladas noches
y caminantes días.
Pero mejor no, pensó
que sea por su hambruna,
de sabores insípidos
y panes sin levadura.
También una blanda cama
para sus cansados sueños,
que se acomodaban
entre duras piedras
y veredas impuras.
Y si el hechizo era potente,
que le regalara un abrazo tibio
y un poco de
ternura,
para endulzar su despojada alma
que se seguía manteniendo
de esperanzas pura.
L. I. F.

No hay comentarios:
Publicar un comentario