domingo, 29 de agosto de 2010

Cuando un poeta se desvela y llegan las infaltables Musas, es tan fuerte la necesidad de correr a buscar una hoja totalmente en blanco y en algún lugar un lápiz, una lapicera, algo por Dios con lo que poder registrar un torbellino de palabras… que si no se plasman en ese instante , se pierden para siempre.
Hasta tal punto es el asombro del alma, que tus ojos registran todo desde tu interior: ...los brazos descansados pero inquietos, el pecho agitado, las manos deslizándose por el papel en forma tan veloz, tratando de ganarle a las ideas, que hasta la cavidad profunda de tus pupilas te hacen sentir como un observador impertinente que espía lo que después, leemos, una y otra vez para poder convencernos de que esa forma escrita, nació de nosotros y acomodarla, tachar, recomponer o simplemente dejarla como está porque nos parece perfecta, entonces las Musas exilian, con la satisfacción infinita de que han hecho un buen trabajo.

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